El otoñal cadáver de su esposa lo conservaba en el ático, sobre una cama de dosel, al cuidado de las arañas. Al anochecer, él se arrimaba a la oquedad que antes estaba revestida por una oreja y le describía los pormenores de las horas diurnas hasta quedarse dormido. Durante el sueño, un sedoso hilo se alargaba de oído a oído. De un lado aparecía una joven equilibrista que se deslizaba hasta el otro extremo de la cuerda donde la esperaba su compañero para el encuentro. Los dos se perdían entre palabras ardientes y sollozos que se prolongaban en los oídos del anciano al despertar.
Malvadisco
08 de Marzo 2018 / 23:57

Ecos 08 de Marzo 2018 / 23:57
Malvadisco
         Taller11 de Marzo 2018 / 08:48
         Mónica Brasca

 

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