Lo primero que uno nota es el silencio; un mutismo tan profundo que dentro de el se puede escuchar al polvo acumulándose. La intemporalidad que se enreda en los sentidos y convierte pasado, presente y futuro en un nudo. Uno se queda solo para siempre pero ya no existe el temor ni la urgencia. De a poco lo único que queda es la compañía de los gusanos que hierven frenéticos mientras devoran de la carne perecedera. Al final solo queda la madre Muerte, cubriéndonos con su manto negro, orgullosa como un dios al ver que somos su imagen y semejanza.
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05 de Octubre 2018 / 07:52

Diosa 05 de Octubre 2018 / 07:52
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