Once cuentos rusos: Gustavo Marcovich



2018-07-07

Creo que aprendí a leer para descifrar la sección deportiva. Sí, también por los monitos de los domingos, pero algo había que hacer entre semana. Y luego crecí y abrí mis horizontes hasta la página de espectáculos, en la que aparecía alguna vedette o algo así. En la adolescencia descubrí el Ovaciones de la tarde y su Página 3. Del Esto me parecía interesante su color café, menos aquella vez en los separos cuando había poca luz y era lo único que tenía para leer, más una torta de dudoso relleno (cortesía de La Nena). Luego leí de todo: química, física, marxismo y eso que llaman literatura. Por suerte, ya grandecito, apareció una publicación semanal: el Sensacional de futbol, que vino a cubrir mis necesidades básicas con El Chivo López y unas muchachonas esplendorosas.

Nunca ha habido demasiada literatura alrededor del futbol. Lenin en el futbol, de Samperio, que no estaba muy buena. Una obra de teatro: 1986, el año en que México ganó el Mundial. Mi amigo Hugo, de Juanito Dosal, no lo leí. El futbol era muy naco y se referían a él como pánbol, entre panaderos y futbol. Los intelectuales ocultaban sus carencias con los pies en eternos rollos sobre el opio de los pueblos y esas cosas.

No he leído aquellos de Galeano, Villoro o Valdano porque fueron best sellers, y para mí Best, sólo George, aquel demonio de Irlanda del Norte, y Sellers, sólo Peter. Me gustan los cuentos de Fontanarrosa y aquel llamado El día en que se coronaron los Diablos, de mi amigo Eduardo Osorio. No sé, de veinte años para acá han aparecido decenas de libros. Nunca fue importante. Prefería jugar, ver partidos en vivo o en TV y platicar de futbol; en ese orden, que leer ni, mucho menos, que escribir sobre el tema.

Para cuando Ficticia Editorial decidió lanzar su colección Ediciones del Futbolista, de la cual creo ya llevan más de diez títulos, yo había comenzado mi lento retiro de las canchas, lo cual me ha tomado unos veinte años. Retirarse del llano es abandonar la juventud y eso duele. En paralelo, también había comenzado mi retiro de la Ciudad de México y ambas actividades implicaban dejar los terceros tiempos: esos remansos espacio-temporales donde se habla de lo sucedido en los dos tiempos previos, más de todo lo demás. Así se me fue haciendo un hueco grande lleno de cosas que no tenía con quién platicar. Además, odiaba de manera inconmensurable a esa cosa que llaman árbitro. Decidí matar varios pájaros de un tiro, pero los ecologistas de por acá pusieron mala cara y, para ser sinceros, tengo bastante mala puntería. Así que mejor escribí aquel libro sobre los árbitros, pero eso es otra historia. Luego me seguí con cuentos de futbol que, amablemente, Ficticia ha publicado en sus antologías: También el último minuto y Tiempo de compensación. Después junté más cuentos que saldrán publicados por el Instituto Sinaloense de Cultura.

De los libros de Ficticia sobre futbol podría hablar otra hora y recomendarlos todos, pero hago mención especial del más reciente: Todo lo que sabemos, de Federico Fernández, que es una joya de la visión desde el llano.

Ahora nos llena de gusto estar acá presentando Once cuentos rusos, que reúne relatos de igual número de escritores.

Sobre el futbol todos tenemos algo que contar, aunque no nos guste este juego. Sin embargo, Marcial decidió sólo incluir once relatos por el odio que le tiene a Osorio y sus famosas rotaciones. A él y a mí nos gusta el futbol a la antigua: dos puntos al ganador, el portero botando la pelota por el área y un árbitro justo sin asistencia del Var o esas cosas. Él le va al Atlante y yo al Puebla: nos gusta sufrir. Jugamos en el mismo equipo llanero desde hace muchos años y asistimos al partido de Argentina-Bélgica en el 86, donde Maradona metió un gol que fue injustamente olvidado por culpa del que le metió a Inglaterra. También coincidimos en que no tenemos whats app o esa cosa, y que no sabemos ponernos caritas felices. Sin embargo, hablamos diario para comentar los aconteceres futbolísticos, sociales, políticos y culturales. Y claro, también lo tengo al tanto de las novedades del pueblo donde vivo. También tenemos muchas historias penosas que contar, aunque espero que Marcial no lo haya hecho ya o esté a punto de hacerlo.

La literatura, la plática impresa, nos aleja del olvido. Del Real Madrid, sólo recuerdo que un tal Ramos nos dejó sin Salah; que lo mejor que hizo Zidane fue surtirle tremendo cabezazo a Materatzi, y nunca sabremos realmente el porqué; o que ese tal Cristiano es insoportable.

Once es un número primo y es la extraña cantidad de jugadores que conforman a un equipo. Se pierde en la historia el porqué esos inglesitos borrachos en aquella taberna eligieron ese número y no otro. Lo que sí sabemos es que el once es un número maldito: “el 11 es blasón del pecado”, sentenció San Agustín y no aquel de “¿está Agustín?, no estoy un poco incomodín”. Tal vez sea una cifra mala porque, ante la traición de Judas, sólo quedaron 11 apóstoles. Aparte, hay toda una serie de conjeturas sobre el ataque del 11 de septiembre en New York City, que tiene 11 letras, y lo obvio que las torres parecían un 11. Puras boberías. Lo que sí es cierto, es que 11 es el número atómico del sodio, aquel que viene en la sal y que dicen los doctores hace daño y por eso aquello de “estar salado”.

Volviendo al libro. ¡Qué bonita portada! En general, esta colección se distingue por una cuidada presencia editorial y un bello diseño a cargo de Rodrigo Toledo y Armando Hatzacorsian. Entre los autores de esta antología encontramos a  Naif Yehya, de larga y conocida trayectoria en la literatura. Jaime Muñoz Vargas, coahuilense y mi favorito entre los norteños. Pedro Serrano, reconocido poeta que debuta en la prosa. Federico Fernández, que tiene una gran visión periférica desde su base de la geografía cultural. Marcial, gran cuentista. Y un servidor, que hace lo que puede. La balanceada alineación se completa con escritores de Sinaloa, como el gran poeta Jesús Ramón Ibarra, que tienen su especial visión del campo, más algunos jóvenes prospectos.

Los cuentos acá compilados no hablan de grandes futbolistas profesionales ni de espectaculares partidos. Tienen en común que tratan poco de lo que sucede en la cancha, sino de lo que pasa afuera, en eso que llaman mundo.

Un tipo en NY quiere ver el partido de México en el Mundial, pero por pasear al perro se topa con una mano y todo se va al carajo.  Un padre que vende el partido de su hijo. Un velador cuya carrera, y su vida misma, fue truncada por una fractura. El homosexualismo siempre oculto en el mundo del futbol, a la vez que siempre presente desde que el portero despeja de meta. Una larga gira por provincia de un equipo amateur entre risas y amenazas del crímen, organizado y no tanto. Las reminicencias futboleras de un poeta o los recuerdos poéticos de un futbolista. La influencia de un DT tras la reja. Una rara venganza de amores que se resuelve con un gran autogol. Una mujer que cumple la última voluntad de su esposo, un aferrado admirador de Garrincha. Un futbolista sudamenricano que se mete en serios problemas en Mazatlán. O el misterioso robo de una maleta con bártulos deportivos, que se resuelve a lo largo de una serie de hilarantes correos electrónicos.

En fin, hay de todo y hay lo suficiente como para pasar esos vacíos temporales entre, por ejemplo, los partidos del Mundial e, inclusive, para paliar el tedio que muchos de ellos generan.

Pd. Lo de los rusos también me incumbe porque de allá viene parte de mi familia, la cual inició un largo exilio hace más de un siglo. Esto, si bien ha permitido a la estirpe continuar con vida, también me alejó de la posibilidad de asistir a algún partido en este Mundial. Ya está, no importa.