No podía fallar: bastaba con que Ramón dijera «patrón, voy a probar la lancha» para mi esposa se acoplara dando grititos histéricos: «¡yo voy, yo voy…!». Los demás nos abstendríamos de sumarnos y los únicos pasajeros serían Ramón, ella y su inseparable perrito. El muchacho tenía instrucciones de tomarlo en brazos y, fingiendo que se le resbalaba, tirarlo al río. Ella no tardaría en arrojarse tras el único ser que se alegra de verla y listo: final con marcha fúnebre, buena propina para el muchacho y champán a escondidas para nosotros dos.
Pero el muy tonto hizo el trayecto de siempre, río arriba, para volver a favor de la corriente. Al caer al agua, el pichicho, astuto, se mantuvo a flote y se dejó llevar. Cuando reconoció nuestra cabaña, con admirable esfuerzo nadó hasta la orilla seguido de su ama. Volvieron los dos sanos y salvos. Mi mujer —convertida en ídola de rescatistas caninos— estuvo todo el día dando entrevistas por radio y televisión. Nosotros dos, devastados.
Aunque, mirando con atención, ahora que se quedó sola, procesando lo acontecido, ¡qué cerca está de la barranca! «Ramón, vení, te tengo un trabajito…».
Diletante
06 de August de 2021 / 13:33
PLAN CASI PERFECTO 06 de August de 2021 / 13:33
Diletante
Comentario 08 de August de 2021 / 03:54
Daniela Truman
 

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