Cuando vi entrar a aquellos dos caballeros al restaurante reconocí a ese artista peculiar, extravagante y vanguardista que, en su afán por innovar, creaba obras un tanto distópicas con materia orgánica y tintes naturales sobre granito, caliza, hormigón u otras superficies sólidas. Aunque no era de mi incumbencia, la plática durante la cena me pareció algo ríspida; discutían y en ocasiones manoteaban y, al terminar, los vi salir a la terraza desde donde se admiraba toda la ciudad mientras fumaban un habano y bebían coñac. 

Minutos después, escuche al pintor exclamar: "¿Ahora lo ve?, se lo dije. ¡Es maravilloso, excelso!; ¡definitivamente insuperable!", a la vez que miraba extasiado hacia la avenida a sus pies para elevar después los brazos y voltear al cielo. Acababa de convertir a su acérrimo crítico —quien quedó fielmente plasmado en el pavimento doscientos metros más abajo— en su última creación.
Johnny Pinto
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