Necesitaba recuperar ese amor ido. Como nada lograba con mis estrategias de casanova, acudí a una curandera que despacha en un vetusto edificio del centro de la ciudad, con oscuros pasillos de terror, ascensor de manivela y puerta enrejada como de cárcel. En su consultorio, a media luz, se alzaba un altar de velas, camándulas y escapularios, alrededor de imágenes de vírgenes y santos. En una repisa polvorienta, se confundían folletines, anillos adelgazantes, imanes y telarañas. Esperé a que alguien llegara para saber qué hacer, hasta que un hombrecillo se anunció arrastrando las uñas sobre el vidrio esmerilado de la puerta; lo recibió una mujer regordeta y sesentona que guardó el dinero en su corpiño y lo invitó a un saloncito interior donde comenzaron a llover hojas de eucalipto entre humaredas de incienso, mientras se escuchaba una grabación con cánticos y lamentos como de tribu africana. Me asomé por la mirilla de la puerta y pude ver quién era la hechicera. No quise saber más allá porque ese amor perdido estaba ahí listo para invadirme con rezos, gemidos, y quién sabe qué más brujerías.
esleongo
20 de April de 2018 / 18:01
Brujería 20 de April de 2018 / 18:01
esleongo
TALLER 23 de April de 2018 / 02:50
el aguila descalza
Gracias... 26 de April de 2018 / 09:58
esleongo
 

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