Los encerró en el almacén del sótano. Para torturarlos, les susurraba al oído: “Espuma de grosella, mermelada de fresa, pudín de ciruela, patata asada, pan de harina de centeno...” El estruendo de la metralla y las bombas amortiguaba el ruido de sus estómagos vacíos. Pero no pudo hacerlos flaquear. Antes bien, la Muerte tuvo que conformarse con la vida de aquellos cinco científicos, en compensación por los miles de personas que ellos salvaron del hambre al preservar, a costa de su propia existencia, el banco de semillas.
Mónica Brasca
25 de October de 2018 / 13:57
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